El ambiente estaba oscuro, apostaría que estábamos en una casa sobre la calle Belgrano casi llegando al parque San Martín, porque en realidad sí sé de qué casa estoy hablando. La terraza era muy amplia. Alguien me mostraba una especie de
planchas de stickers que algún vez él había firmado para mí. Sí, recién me entero que los stickers se firman como papel, pero bueno. Yo miraba sus autógrafos con los ojos llenos de lágrimas, porque me acababan de dar la triste noticia de que se había suicidado. No es tan de cobarde dejarse caer al vacío desde vaya a saber qué piso, o al menos para él no. Sin entender el por qué en ningún momento, llegaba su padre a buscar consuelo justo en donde estábamos todos. Un adulto indefinible, no sé si madre de una amiga, o quién, trataba de calmar la desesperación del padre. Como dije, era una terraza. Todo el mundo se acercó para ver qué era lo que había abajo, en la vereda. Yo ni siquiera llegué a verlo porque ya me despertaba, y porque no quería recordarlo más que de otra manera que no fuese la que ya conocía, pero una imagen inundó todos mis pensamientos, y a mis ojos de lágrimas. El tipo al que tanto cariño le había tenido en algún momento de vaya a saber qué vida (alguna anterior), reposaba en paz, sobre su propio charco de sangre oscura, mientras yo, en mi propia mente, veía llegar a tres o cuatro hombres con un gran ataúd brilloso, no así más que mis ojos. ¿Es mucho decir que lo quiero un poquito?
dic13